Dentro del “reino de las sombras” de la crisis de la vivienda asequible
El hombre con la barba desaliñada que sostiene un cartel que dice TRABAJARÉ POR COMIDA. La mujer con ropa hecha jirones que murmura para sí misma mientras empuja un carrito de supermercado con sus pertenencias al otro lado de la calle. Personas cubiertas con tiras de cartón durmiendo bajo los pasos elevados de las autopistas.
Estas son las imágenes que a menudo vienen a la mente cuando alguien evoca el término “persona sin hogar”. Son los personajes familiares a los que muchos de nosotros pasamos de largo todos los días. Podemos pensar que no somos como ellos: trabajamos duro, no abusamos de las drogas o el alcohol y tomamos decisiones personales más inteligentes.
Pero la historia tradicional sobre quienes viven la falta de vivienda es un mito, según Brian Goldstone, autor del aclamado libro reciente, “There Is No Place for Us: Working and Homeless in America”. Goldstone dice que las personas en las calles son solo la punta del iceberg, porque la mayoría de las personas sin hogar del país viven en un “reino de sombras” invisible para la mayoría de los estadounidenses. Trabajan en almacenes de Amazon, en la sección de carnes de su supermercado local, cuidan niños en guarderías y conducen para DoorDash. Pero no tienen lugares estables donde vivir.
Dice que la mayoría de la gente no cae en la falta de vivienda. La empujan hacia ella los mismos desafíos que enfrentan muchas personas con vivienda: la asequibilidad. El aumento vertiginoso de los precios de la vivienda en todo el país ha superado las ganancias de ingresos, dice. La red de seguridad social está siendo desmantelada. Los trabajadores y los inquilinos tienen poco poder de negociación. No hay un solo estado, ciudad o condado en EE.UU. donde un trabajador a tiempo completo que gane el salario mínimo federal de US$ 7,25 por hora o el salario mínimo local vigente pueda permitirse una vivienda de dos dormitorios al alquiler de mercado justo.
El sinhogarismo no son solo personas que viven en las calles y en refugios, dice Goldstone. Es un “espectro de inseguridad” que incluye a personas que viven en sus autos o en moteles sucios de estadías prolongadas, o que duermen en los suelos de los apartamentos abarrotados de familiares. Las estadísticas oficiales no cuentan a estas personas como sin hogar, pero Goldstone dice que una estimación conservadora de quienes carecen de vivienda en EE.UU. es de “muy por encima de cuatro millones” de personas.
“Una vez que se tiene en cuenta a la población oculta, los datos sugieren que las familias con niños probablemente constituyen la mayoría de las personas que experimentan la falta de vivienda”, le dice Goldstone a CNN. “Las tiendas de campaña, la gente en el metro pidiendo dinero: ese es el borde más extremo. Cuando ampliamos el encuadre y ajustamos el enfoque, ya no podemos convencernos de que la falta de vivienda es una aflicción que aqueja a cierto tipo de persona”.
En su libro, Goldstone enfoca su lente en cinco familias de clase trabajadora en Atlanta. Están encabezadas por personas resilientes con una fuerte ética de trabajo. Sin embargo, no pueden evitar ser absorbidas por lo que un gestor de casos de una organización sin fines de lucro llama los “juegos del hambre de la vivienda”. Son colocadas en interminables listas de espera para vivienda, son presa de estafadores y caseros codiciosos y se ven obligadas a quedarse en moteles económicos infestados de cucarachas que funcionan casi como refugios para personas sin hogar.
Son personas como “Celeste” (Goldstone usa seudónimos para proteger las identidades de las familias), una madre soltera alegre y devota que cuidaba de tres hijos cuando Goldstone la conoció. Celeste trabajaba hasta en tres empleos a la vez y lanzó un negocio de comida desde su casa. Pero una asombrosa serie de desgracias —un incendiario destruyó su casa de alquiler; la firma de capital privado que era propietaria de la casa aún exigió dos meses de renta y se quedó con su depósito de garantía; le diagnosticaron cáncer de ovario y de mama— la obligó a vivir en situaciones de vivienda precarias.
Lo que le ha ocurrido a Celeste en Atlanta está sucediendo silenciosamente en todo Estados Unidos, escribe Goldstone. Vive en una ciudad que se gentrifica rápidamente, donde la vivienda asequible está siendo reemplazada por apartamentos de lujo y casas caras.
“En estos lugares, un trabajo de bajos salarios es la falta de vivienda esperando a suceder”, escribe Goldstone. “El contratiempo más leve o un gasto imprevisto —un problema menor del auto, interrupciones en el cuidado infantil, una enfermedad breve— puede ser desastroso”. Goldstone pasó casi seis años informando y escribiendo su libro, que fue elogiado por el expresidente Barack Obama y nombrado uno de los 10 Mejores Libros de 2025 por The New York Times y The Atlantic. Un reseñista dijo que Goldstone “tiene la mirada clara y el toque hábil de un maestro narrador”.
Goldstone se reunió con CNN en Atlanta, donde vive con su esposa y sus dos hijos. Viajamos juntos en su Subaru Outback gris, modelo 2022, por una carretera concurrida flanqueada por licorerías, iglesias en locales comerciales y centros de donación de plasma, y entramos al estacionamiento de un motel económico mugriento. Una de las familias que Goldstone perfiló vivió por un tiempo en el motel, que, según dijeron, estaba plagado de cucarachas, roedores y techos con goteras.
“Este lugar en realidad es más caro que el complejo de apartamentos [cerrado] justo al otro lado de la carretera”, dice. “Porque una vez que te ves obligado a ir a un lugar como este, los dueños y la administración, saben que la gente no tiene otras opciones, así que las tarifas siguen subiendo y subiendo”.
Esta entrevista con Goldstone fue editada para mayor claridad y brevedad.
Hay personas que dicen que yo hago todo bien — trabajo duro y pago mis cuentas. ¿Por qué debería importarme gente como Celeste y otros que no tienen hogar?
Lo que es tan llamativo del término “los trabajadores sin hogar” es la manera en que hace estallar mitos sobre el sueño americano: la idea de que si trabajas lo suficientemente duro, si fichas suficientes horas, tú… quizá no te harás rico, pero al menos tendrás un mínimo de estabilidad. Al menos podrás satisfacer tus necesidades materiales más básicas. El término “trabajadores sin hogar” hace estallar inmediatamente ese mito. Lo que dice es que la línea que separa a quienes tienen vivienda de quienes no la tienen se ha vuelto devastadoramente porosa en este país. La línea entre nosotros y ellos es mucho más delgada de lo que nos gustaría creer.
Y aun así, cuando leí su libro, me encontré preguntándome por algunas de las decisiones personales que tomaron las mujeres que perfilaste. ¿Por qué una mujer que tiene dificultades para encontrar vivienda tendría cuatro hijos fuera del matrimonio? ¿Por qué no usar anticonceptivos? ¿Cómo explica ese comportamiento a alguien que no ha estado en su mundo?
Dudo en generalizar sobre madres solteras que tienen varios hijos fuera del matrimonio o no están casadas, porque la situación de cada quien es particular. Puedes tener una madre soltera que estuvo casada 20 años y ahora es madre soltera porque se divorció.
Tomemos un ejemplo: Kara, en el libro. Tiene cuatro hijos con tres hombres diferentes, y se odia por eso. Se odia por anhelar intimidad y caer en brazos de hombres pensando: “quizá esta vez será diferente. Quizá esta vez pueda creerle cuando dice que se quedará”. Kara, como relato en el libro, fue obligada por sus padres a someterse a un aborto cuando era adolescente. Ha vivido con eso. Estuvo cerca de interrumpir embarazos de nuevo más recientemente, pero decidió: “No, voy a recibir esto como un regalo de Dios aunque no sea un regalo que yo haya pedido”.
Todas las familias que perfilas en tu libro son negras. Algunos estadounidenses blancos pueden concluir que si algo es un problema de los negros, no es su problema. Tuviste oportunidades de incluir una familia blanca pobre, pero no lo hiciste. ¿Reforzaste involuntariamente algún estereotipo sobre que la falta de vivienda y la pobreza son un tema negro?
Realmente luché con eso. Al iniciar este proyecto, era mi esperanza presentar una diversidad de orígenes, no solo urbanos, sino una familia blanca de clase trabajadora que viviera en un área más suburbana o rural.
Con lo que finalmente me encontré fue con el hecho de que —al estar el libro situado aquí en Atlanta y porque vivo en Atlanta— yo quería sumergirme en este reporteo de una manera total. Y eso solo sería posible [hacerlo] donde vivo con mi propia familia… encontrar familias que estuvieran dispuestas a dejarme entrar en sus vidas de esta manera [y] que estuvieran cerca de donde vivo. Aunque Atlanta ya no es una ciudad de mayoría negra, el 93% de las familias que experimentan falta de vivienda en Atlanta son negras. Cada sábado, cuando yo llegaba a las filas del banco de alimentos, cada persona en la fila era negra. Cuando yo iba al tribunal de desalojos, la sala del tribunal era casi completamente negra. Negar esa realidad sería una imposición. Sería yo queriendo evitar esa impresión porque Atlanta se ha presentado como una meca negra.
Un hombre en el libro dice que la razón más grande de la falta de vivienda es la falta de vivienda asequible. Eso suena muy simple. ¿Por qué eso no se entiende comúnmente?
La vivienda ha quedado fuera de la historia que hemos contado sobre la falta de vivienda ya por décadas. A finales de la década de 1980, CBS News y The New York Times realizaron esta encuesta preguntando a neoyorquinos al azar, qué causa la falta de vivienda. La gente dijo problemas psicológicos, alcoholismo, drogadicción y una negativa a trabajar. Ni una sola persona mencionó la vivienda. Me pregunto cuán diferente se vería esa encuesta hoy.
¿Qué piensas? ¿Han cambiado las percepciones sobre qué causa la falta de vivienda?
Han cambiado un poco, con todo tipo de cosas, desde la atención médica hasta los salarios y la asequibilidad, volviéndose politizadas. Más personas están haciendo esa conexión, pero todavía hay algo intencionalmente desconectado de la realidad en cómo abordamos la falta de vivienda y abordamos estos temas en general.
La ausencia de la vivienda en ese relato no fue accidental. Fue el resultado de un esfuerzo muy concertado, comenzando con la irrupción de la falta de vivienda masiva, a principios de la década de 1980. La administración Reagan dijo muy intencionalmente que necesitamos asegurar que el público estadounidense explique las crecientes filas de personas en las calles de nuestras ciudades como resultado de… [las] propias decisiones de [esas personas] en lugar de conectarlo con el desmantelamiento de la red de seguridad.
¿Cómo se volvió tan aguda la falta de vivienda en este país, y cómo se relacionó eso con el presidente Reagan?
Hay varios puntos en la red de seguridad social que fueron atacados a principios de la década de 1980 con la administración Reagan. El Gobierno federal se salió del negocio de la vivienda —mediante recortes al Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano— y dejó que las necesidades de vivienda de la gente fueran satisfechas por lo que otro funcionario de Reagan llamó el genio del mercado privado.
Pero esa misma lógica se aplicó a otras cosas como debilitar las protecciones laborales, con fábricas cerrando y el país comenzando a ver la desaparición de los sindicatos. La administración Reagan, muy parecido a lo que vemos hoy, simplemente fue socavando las protecciones laborales en general. El trabajo en sí se volvió menos seguro. El mito de la reina del bienestar surgió por esta época, y se utilizó para impulsar un desprecio público hacia quienes dependían de la asistencia pública. La asistencia de vivienda fue una parte enorme de eso. Hubo una gran reducción de la cantidad de dinero que se invertía en vivienda para personas de bajos ingresos. Realmente desfinanciaron la vivienda pública y la asistencia para el alquiler.
¿No jugaron también el presidente Clinton y el Partido Demócrata un papel en la irrupción de la falta de vivienda, con la promesa de Clinton de acabar con el bienestar social tal como lo conocemos?
Tuvo una influencia muy directa en las vidas de las familias sobre las que estoy escribiendo en el sentido de que, hace una generación, habrían sido elegibles para beneficios de bienestar social que podrían haberlas ayudado a atravesar estos tiempos de crisis, o una emergencia que surgiera en sus vidas. Fue la manifestación de un desprecio bipartidista no solo por la gente pobre en este país, sino específicamente por las mujeres pobres en este país. Madres pobres en este país.
¿Tendían esas mujeres a ser negras?
Absolutamente.
¿Cómo explicas la resiliencia de alguien como Celeste, la mujer a la que perfilas en el libro? Enfrentó una desgracia cruel tras otra, y aun así trabajó como una condenada, asumiendo múltiples trabajos y comenzando un negocio. Creo que Celeste y… otras personas del libro tienen una capacidad casi sobrenatural de creer que las cosas van a mejorar. Creen que están justo al borde de dar vuelta la esquina, y que si simplemente siguen trabajando y trabajando aún más, las cosas por fin se les abrirán. Hay un elemento de fe en eso. Dirían que Dios promete, como dice Kara en el libro, no abandonar jamás a su pueblo.
Algunos de los momentos más devastadores para mí durante el reporteo fueron aquellos en los que podía ver en sus rostros la comprensión de que tal vez eso no era cierto después de todo. Tal vez ella estaba condenada, y sus hijos condenados, a quedar cautivos de este destino para siempre.
La falta de vivienda se considera un problema intratable. Pero ¿no hay soluciones?
Las soluciones a esta crisis no son inalcanzables. Ni siquiera son complicadas. Solo requieren que coloquemos la dignidad humana por encima de las ganancias de los inversionistas, y la estabilidad de las personas por encima de la especulación. Lo que ha faltado es la voluntad política para actuar a la escala que la crisis exige.
La respuesta tiene que funcionar en dos frentes: conseguir vivienda para quienes aún no la tienen y mantener a la gente en los hogares que ya tienen. Eso significa hacer una gran inversión pública en vivienda permanentemente asequible y eliminar las barreras que impiden que se construya. Pero también significa detener la falta de vivienda antes de que empiece: fortaleciendo las protecciones para los inquilinos, garantizando el derecho a asesoría legal en los tribunales de desalojo, promulgando leyes de desalojo con causa justificada, prohibiendo las tarifas de alquiler y las prácticas de selección predatorias, y proporcionando asistencia directa a las familias al borde del abismo.
En última instancia, sin embargo, abordar esta catástrofe prevenible requiere un cambio de paradigma en la manera en que pensamos sobre la vivienda en sí. En Estados Unidos hemos llegado a tratar la vivienda principalmente como una mercancía, un vehículo para la ganancia y la acumulación de riqueza. Pero un lugar seguro y estable para vivir no es un artículo de lujo. Es una necesidad humana fundamental. Y hasta que empecemos a tratar la vivienda como algo más cercano a un bien público esencial —en otras palabras, como un derecho humano básico—, seguiremos reproduciendo las mismas condiciones que crean la falta de vivienda en primer lugar.
¿Alguna de las familias que perfilas ha escapado de su precaria situación habitacional?
Cada una de las cinco familias ha logrado conseguir un apartamento. Pero la inseguridad subyacente no ha desaparecido. Incluso con apoyo adicional en el camino, las familias siguen siendo plenamente conscientes de que el límite entre la estabilidad y la falta de vivienda es increíblemente delgado. Siguen estando a una emergencia médica, un aumento del alquiler, un cheque de pago perdido de ser arrojadas de nuevo a las mismas circunstancias desesperadas. Y fácilmente podrían encontrarse justo de vuelta donde comenzaron.
The-CNN-Wire
™ & © 2026 Cable News Network, Inc., a Warner Bros. Discovery Company. All rights reserved.
John Blake es redactor jefe de CNN y autor de la galardonada autobiografía “More Than I Imagined: What a Black Man Discovered About the White Mother He Never Knew”.